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HEAL

Cuando el pelo nos trae de cabeza

La relación que tenemos con nuestro cabello es motivo de conversación e investigación, también de exasperación cuando nos lleva la contraria o de júbilo cuando lo vemos bonito.

Con tan estrecho vínculo emocional es fácil entender las secuelas anímicas de un bad hair day

Esta columna es parte de nuestra serie #WellWednesday donde distintos expertos comparten información, experiencias y sus filosofías de bienestar

mayo 11, 2022

Tiempo de lectura: 9 minutos

mayo 11, 2022

Tiempo de lectura: 9 minutos

Carmen Lanchares es periodista de vocación y formación, ex-editora y directora de la sección de belleza de Vogue España durante 22 años. Esto le permitió vivir muy de cerca la evolución (y revolución) de un sector cada vez más vinculado al bienestar físico y mental de las personas. Descubridora tardía del yoga, firme defensora de la cosmética que aúna ciencia y naturaleza, disfruta indagando sobre tendencias y la conexión entre los movimientos sociales y el mercado de la belleza como sobre las historias y personas que hay detrás de cada producto o propuesta. Ha sido profesora y coordinadora de la asignatura de Belleza y Salud del Máster en Comunicación de Moda y Belleza Vogue-Universidad Carlos III.

¿Quién no se ha levantado alguna vez con la melena hecha unos zorros, sin aparente motivo, y ha saldado la jornada con un humor de perros? Es curioso cómo esta aparente futilidad (lo llamamos bad hair day) es capaz de bajarnos la moral o disparar nuestra irritabilidad tanto o más que el síndrome premenstrual. Una encuesta realizada hace una década entre las mujeres británicas estimó que estas pasarían 26 días de su vida soportando un mal día de pelo (y su consecuente malestar). Sea o no extrapolable el dato, el mensaje es claro: el cabello tiene poderosos efectos sobre nuestra psique. Eso sí, lo mismo que puede arruinarnos el día también puede desatar nuestra autoestima cuando nos parece que está estupendo. Verse bien es sentirse bien y la vida con un día de gran pelo se ve de otro color.

 

El cabello y las emociones

Los ojos podrán ser el reflejo del alma, pero el cabello destapa también lo que se cuece en nuestro interior. Si vivimos con estrés, tarde o temprano, nuestro pelo lo sufrirá de una forma u otra: sensibilización del cuero cabelludo, caspa, grasa, picor o irritación, entre otras lindezas. Doy fe. Hace unos años, un buen día, al tocarme la cabeza en uno de esos gestos automáticos que acompañan momentos de reflexión o ausencia, me descubrí el cráneo sembrado de pequeñas irregularidades (eran ronchas) que iban soltando una cascada de escamas. Entré en pánico. Imaginando con desazón apocalípticos escenarios capilares, acudí presurosa a la consulta de un afamado tricólogo. Tras un breve vistazo con una cámara de aumento, dijo, lacónico ‘dermatitis seberreica’, seguido de un ‘¿tienes mucho estrés, no?. Asentí con pesar. Pasaba por una época bastante complicada y toda aquella ansiedad reprimida afloró de esa guisa.

Es fácil entender, entonces, que si un bad hair day es capaz de alterar los nervios más templados, las repercusiones emocionales de otros problemas capilares de mayor calado -de la dermatitis a la alopecia– deriven en sentimientos de vergüenza y ansiedad. El aspecto de nuestro pelo tiene una estrecha conexión con nuestro bienestar mental, y viceversa. De hecho, una persona que se siente emocionalmente bien cuida su cabello, mientras que quienes se encuentran deprimidos no le prestan apenas atención, sin obviar tampoco la motivación emocional que a veces oculta un cambio de imagen capilar como la expresión de un deseo de transformación personal o vital.

 

El pelo habla 

Decía el doctor John Gray, en el libro The world of the hair, que usamos nuestro cabello para expresar nuestra personalidad, para hacer una declaración, para ayudarnos a sentirnos bien o para atraer a otras personas. Es un elemento de identidad o de autoafirmación, pero también una poderosa herramienta de expresión no verbal, más locuaz de lo que pensamos. Así me lo confirmaba en una entrevista el experto en comunicación no verbal y -sorpresa- exagente del FBI, Joe Navarro. Todos los gestos que hacemos con el cabello tienen un significado. En una mesa de reuniones, bastaría observar la interacción de los participantes con su cabello para sacar también conclusiones. Por ejemplo: colocarse el pelo por detrás de la oreja es una manifestación de interés, mientras que pasar la mano por la melena de forma pausada es una muestra de seguridad, como lo es también peinarse con un moño o coleta tirantes, estilos que igualmente indican decisión, rectitud y poder. Retirar el cabello del rostro uniéndolo en la nuca es un deseo de centrar la conversación y evitar divagaciones, mientras que levantarlo, con los dedos, en la nuca delata nerviosismo o ansiedad.  Y, ¡atención! porque si alguien se tapa los ojos con un mechón de pelo puede que mienta.

Nuestro cabello tiene mucho que decir. “Es una especie de caja negra que esconde muchos secretos de una persona”, leía hace unos meses en un foro de psicología. Además, el análisis de un solo pelo permite rastrear nuestro estilo de vida y sacar a la luz incluso lo que callamos (dieta desequilibrada, exceso de contaminación o de sol, tabaco, ingesta de medicamentos o tóxicos e inclusive nuestros niveles de cortisol -estrés-). Pero es que ya a simple vista, me comentaba Navarro, el cabello puede desvelar mucho: la edad, la vitalidad, la higiene, la salud o incluso nuestro entorno social. El cuidado que le prodigamos y la preocupación por su aspecto también habla de nosotros. Por ello, cuando todo ese esfuerzo cae en saco roto por un mal día de pelo ¿no es lógico ponerse de uñas?.

 

Para neutralizar un bad hair day

Cuando no hay tiempo que perder y lavarlo es inviable, cuando la humedad ambiental desafía los efectos del brushing, cuando no hemos aclarado bien la mascarilla y tenemos mechones apelmazados, cuando las hormonas juegan en su contra y cae mustio o cuando ni siquiera el champú lo soluciona, aún así hay opciones salir airosas de un mal día de pelo.

  1. Las trenzas nunca fallan. Desde la raíz o a la altura la nuca, trenzar el pelo es la mejor forma de mantener el control y camuflar un aspecto deslucido.
  2. Recurrir a accesorios para desviar la atención del (mal) pelo al complemento. Sombreros y gorras son un recurso, pero si nos los vamos a quitar en interiores puede no ser la solución porque, entonces, sumamos el efecto gorro -pelo apelmazado y falto de volumen- a las consecuencias de un bad hair day. En estos casos, mejor optar por un bonito bandeau de pelo o un pañuelo de seda utilizado a modo de cinta.
  3. Una coleta alta y recogida con esmero o un moño bajo algo tirante siempre aportan un toque de pulcritud que esquiva las secuelas de una melena lacia y ‘decaída’.
  4. Aplicar un poco de crema, sérum o aceite capilar en medios y puntas reduce el encrespamiento y aporta brillo al cabello opaco y rebelde.
  5. Prueba un acabado wet. Espumas, geles y gominas aportan al cabello un aire desenfadado y limpio, como de recién duchada, y ayudan a controlar cualquier mechón indómito.
  6. Champú seco. Las nuevas fórmulas de esta categoría de productos consiguen casi lo imposible: aportar volumen en la raíz, eliminar el apelmazamiento y el exceso de grasa así como añadir cuerpo a un cabello aburrido.

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