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¿Por qué nos atrae la belleza exterior?

Está en la naturaleza humana sentirse atraído por lo bello y lo armonioso, pero, en la sociedad actual, en la que hasta las ideas son de diseño, parece que el atractivo físico se está convirtiendo en tabú. Analizamos lo que la belleza esconde

Esta columna es parte de nuestra serie #WellWednesday donde distintos expertos comparten información, experiencias y sus filosofías de bienestar

Tiempo de lectura: 9 minutos

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Carmen Lanchares es periodista de vocación y formación, ex-editora y directora de la sección de belleza de Vogue España durante 22 años. Esto le permitió vivir muy de cerca la evolución (y revolución) de un sector cada vez más vinculado al bienestar físico y mental de las personas. Descubridora tardía del yoga, firme defensora de la cosmética que aúna ciencia y naturaleza, disfruta indagando sobre tendencias y la conexión entre los movimientos sociales y el mercado de la belleza como sobre las historias y personas que hay detrás de cada producto o propuesta. Ha sido profesora y coordinadora de la asignatura de Belleza y Salud del Máster en Comunicación de Moda y Belleza Vogue-Universidad Carlos III.

Hablar (o escribir) de belleza, hoy, es como andar por una cuerda floja en la que un paso (o sea, una palabra) en falso puede levantar ampollas o herir sensibilidades entre quienes se sitúan a un lado u otro del cordel. Entre los que defienden la belleza bajo unos rígidos cánones estéticos, de armonía y proporción, y entre los que se empeñan en redefinirla despojándola de todo vínculo con el físico y la apariencia. Pues permítanme que les diga, que ni lo uno ni lo otro. Mejor dicho, un poco de lo uno y de lo otro. Que la belleza, sí, está en el interior, pero también en el exterior

Ya lo dijeron los griegos al definir kalon (lo bello) como eso que gusta, que despierta admiración, satisface los sentidos y atrae la mirada o la atención por su hermosura, pero que también cautiva, en el caso de las personas, por las cualidades del alma y el carácter.

Que haya voces que se rebelen contra la tiranía de la belleza, concebida bajo un ideal estético único de perfección, es loable y muy necesario; pero de ahí a negar, e incluso estigmatizar, el poder de atracción y el derecho de admiración de un rostro hermoso es ir contra natura. 

De hecho, el Global Welles Institute, en su informe ‘Beyond Covid’ (diciembre 2021) observaba que la ciencia sugiere que los seres humanos (y todos los seres vivos) se sienten atraídos de manera innata por la belleza para sobrevivir y perpetuar nuestra especie. “Cuidar nuestra apariencia y expresarnos a través de ella son parte del autocuidado y reflejan una psique humana sana”. 

Cierto que al mismo tiempo, el informe advertía del lado feo de la belleza, como esa predisposición a juzgar a las personas por su aspecto y otorgar a las más atractivas preferencias y beneficios especiales, ya sea consciente o inconscientemente; lo que, sentencia, “es discriminatorio y dañino”.

A nadie se le escapa que la autoestima de las personas depende de los juicios externos sobre su físico, pero es igualmente cierto, por paradójico que parezca, que la belleza pueda ser, igualmente, fuente de insatisfacción de quien la posee y afectar negativamente a su autoestima. No son pocos los casos de esas personas guapas, que por el hecho de serlo, se ven forzadas a demostrar una mayor valía, que sienten que no las toman en serio o de las que se espera que se comporten de determinada manera solo por sus características externas. Ahí tenemos esa expresión de ‘hacerse la rubia’, reflejo de ese resentimiento social (más o menos oculto) de adjudicar a las personas rubias (léase, guapas) menor capacidad intelectual.

A lo largo del tiempo, la belleza ha sido recurrente motivo de reflexión, y también de investigación. En el libro ‘La Ciencia de la Belleza’, el médico y escritor alemán Ulrich Renz ahonda en el análisis del atractivo físico a partir de numerosos estudios científicos. Y no puede ser más expresivo cuando sostiene que “la ciencia es clara y contundente: la belleza no es relativa”. Y no lo dice a la ligera, porque, asegura, los experimentos han demostrado que hay un consenso universal, que une las distintas épocas y culturas, en considerar atractivos los mismos rostros. Por supuesto que hay diferencias culturales, pero son matices. En la esencia, parece que todo el mundo está de acuerdo. Es más, algún que otro estudio sugiere que, incluso, la valoración del atractivo físico nos puede venir de serie, como plantea la investigación ‘los recién nacidos prefieren rostros atractivos’, del psicólogo Alan Slater (1998), quien observó que el sentido de la belleza de los bebés, en los que no puede haber aún ninguna influencia cultural, es similar al de los adultos. Si es así, poco o nada, podemos hacer para cambiarlo.

Innato, o no, el sentido de la belleza lo tenemos interiorizado. Queremos gustar y cautivar a los demás, y sabemos, por mucho que se quiera denostar su magnitud como valor personal y social, que el atractivo físico es una poderosa arma de seducción y también un baremo de éxito social. 

Un estudio realizado por los economistas Daniel Hamermesh y Jeff Biddle sobre el impacto de la apariencia en el salario, puso en evidencia lo que ya se sospechaba: las personas más atractivas tenían mayores ingresos que las que no lo eran. Y lo evaluaron. Las más guapas ganaban un cinco por ciento más por hora que una persona de apariencia promedio y un diez por ciento más que los que se situaban por debajo de esa media. En base a estos resultados acuñaron el concepto de la prima de belleza.

Hace ya tiempo que parece que andamos sumidos en un mar de confusión. Por más que hoy se ensalce, desde ciertos foros, el atractivo de lo raro, disruptor o, sencillamente, feo; la sociedad, en general, y los individuos, en particular, siguen venerando, aunque sea a hurtadillas, la belleza en su sentido más convencional. Y, si no, explíquenme, entonces, el triunfo de los contenidos de belleza -acaparando millones de visualizaciones- en las redes sociales; la profusión de tutoriales de maquillaje, peinados y trucos para mejorar la apariencia; de la rotura de stocks de todo cosmético promocionado por las más bellas ‘influencers’ del lugar; del creciente uso de filtros para retocar los ‘selfies’ con los que captar más seguidores; del imparable incremento de las obsesiones por la más mínima imperfección; de la negativa o la vergüenza de muchos, sobre todo jóvenes y adolescentes, ante la retirada de las mascarillas o del auge progresivo de la medicina y la cirugía estéticas, disciplinas que, con gran habilidad, se han despojado del cariz frívolo que tuvieron antaño para acreditarse como un salvoconducto de bienestar mental.  

En definitiva, creo que nadie, como los griegos, ha tenido tan claro lo que el concepto de belleza esconde. Y por más que le demos vueltas al término, lo maquillemos, lo censuremos o lo redefinamos, como dice Ulrich Renz: “la belleza tiene un poder que no es fácil de suprimir. La realidad no cambia mucho porque nosotros no queramos aceptarla”.

 

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